Punto

punto

vuelvo a empezar

a leer

desde ese punto

y aparte

donde

dejé aquella tarde

de septiembre

de leerte

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Sobre todo feos

feos

Quiere ser joven.

Quiere ser gracioso.

Quiere ser inteligente.

Quiere ser pacífico.

Quiere ser guapa.

Quiere ser modesta.

Quiere ser cuerdo.

Quiere oler bien.

Quiere ser segura.

Quiere ser modesto.

Quiere ser maestro.

Quiere ser bruja.

Quiere ser adolescente.

Quiere ser sabio.

Quiere ser pelota.

Quiere ser silencio.

Quiere ser susto.

Quiere ser árbol.

Los poetas somos

feos y raros.

Negativo

negativo

Ventana, puerta, habitación…

quiero decir, el espacio cóncavo del cuenco.

La materia negra entre las estrellas.

Los huecos

que dejan las hojas en el árbol como

una foto en negativo.

Vacío de infinitas posibilidades

del no-existir.

Imagina: una flor así de grande.

Imagina: un universo de síes.

Lugares por donde no pasan caminos

son

caminos a cualquier lugar.

Las no-palabras que no te supe decir.

El amor que por amor dejé pasar

durará siempre.

50 años

SAN PEDRO

Estaba en una bolsa azul

junto a un contenedor de basura

y asomaba un brazo –no te asustes-

como pidiendo ayuda.

Era un corazón de peluche rojo

con unos ojos grandes

y una sonrisa grande

y dos palabras grandes

escritas en el pecho

que decían “te quiero”.

Viéndolo allí tirado

como otro juguete roto

me dio por pensar si

al amor

siempre le pasará eso.

Pero luego,

unas calles más tarde,

recordé a mis padres

-después de cincuenta años casados-

paseando todavía

cogidos de la mano.

 

 

Dedicado a mis padres que hoy habrían hecho 52 años casados.

Mariposas

A  veces –pocas-

una mariposa

se posa

en un pensamiento –idea o flor-

y se convierte –por así decirlo-

en una espiral de belleza.

(Nota: Pensar más tarde

en la palabra “pensa-miento”

si pensar y mentir

es lo mismo. Yo creo que no. Pero…)

Por dónde iba…

Sí, en espiral de belleza…

Menos veces –aún-

unos ojos

presencian este acto

–como una obra de teatro

minúscula, única y dulce-

Dura, lo que dura, un aleteo.

Y es gratuita como la amistad.

He visto tus manos

haciendo mariposas

con alas de color de versos.

regalo soraya

 

Dedicado a mi amiga y poeta, Soraya, en el día de su cumpleaños.

Humus

humus

Volveré a ti, madre.

Descansaré en tu vientre cálido

de luz

y leche dulce.

Volveré a ti

y podré devolverte al fin

parte

de lo que te he robado.

-siendo esta vez yo

el alimento y el poema-

Mamá, volveré a ti

y descansaré

del hombre,

de aquello que pesa,

y seré -alado-

entero contigo

en tus nubes, con el mar

y la lluvia.

helado de limón

excusas

abro la puerta y me digo a mi misma

que soy fuerte  como un helado de limón

que en las escaleras hay un juguete

con una sonrisa y una lágrima

en el suelo

que hay un lugar para volver

un lugar para juntos

 y nadie más

dulce helado de limón otra vez en el suelo

y los tambores tocan verdad

igual que las campanas tocan a muerto

y me digo a mi misma

que soy buena

y fuerte

y que puedo sin ti

y me digo a mi misma

y me cuento yo qué sé

-cualquier excusa-

para seguir rompiéndonos juntos

El granado

granada

Después de la lluvia deshojaba flores a latigazos mientras decía : “todos hemos sido bellos alguna vez. Y felices”. No se lo tenían demasiado en cuenta en el pueblo; la llamaban la loca del granado y se rumoreaba que se había “ido” la mañana que se marchó el último de su sus hijos al extranjero a hacer su vida y se quedó sola. Sola con el granado. Lo había plantado su marido hace muchos años el día que aceptó un nuevo trabajo después de que ella diera a luz a su tercer hijo. Había demasiadas bocas que alimentar y el sueldo de un maestro no llegaba. Sabía de los riesgos en la mina pero el hambre te hace ser valiente. Y durante un tiempo fueron felices… y el árbol, de crecimiento lento, empezó a dar sus frutos hasta que escuchó la palabra grisú. Fue el grisú. Una explosión. Tú marido. Y así se quedó sola con el árbol y tres niños. Trabajó duro para sacarlos adelante; trabajó días y noches enteras para darles de comer y la educación que ella nunca tuvo. Trabajo. Durante este periodo de su vida solo trabajó. Y no tuvo mucho tiempo para ver cómo cambiaba su cuerpo y su rostro con las estaciones. Os puedo asegurar que un día fui bonita solía decir con una sonrisa desdentada a sus hijos. Y poco a poco se fueron marchando como hojas en otoño. Hasta que un día, el último de ellos, se fue. Ese día dejó de trabajar. Ese día ventiló la casa, como siempre, hizo las camas de nuevo, la comida para cuatro y cuando terminó; cerró las ventanas despacio, muy despacio, y se sentó apoyando sus manos en el regazo una sobre otra. Y miró al granado. Lo miro. Lo miró. Estaba igual que como lo había dejado su joven minero. Es un árbol crecimiento lento. Desde entonces, todos los atardeceres, dicen que se quedaba mirándolo. Miraba cómo el sol caía entre sus ramas peladas en invierno, entre las hojas en verano; cómo caían en otoño. Miraba a sus flores… Flores que luego se convertían en frutos; frutos preñados de semillas, frutos como las bolas con las que se decora el árbol de Navidad. En Navidad es cuando más miraba al árbol…

 

Una mañana de Pascua lluviosa vio caer una granada. Esa misma tarde fue una tarde soleada y bella; pero la anciana esta vez no miró al árbol.

 

Miró la granada.

 

Miró cómo yacía sobre un charco, rota, reventada por sus semillas y abandonada en el suelo. Pudriéndose.

 

Sola.

 

Miro la granada.

 

Entonces, entró en casa, y cogió el látigo.

Ése

perro pequeño

Como un perro pequeño de ojos sinceros y redondos, de piel mestiza, con una pequeña barba que le da un cierto aire intelectual; que siempre se alegra de verte cuando llegas a casa moviendo su rabo (como un limpiaparabrisas en la tormenta); que busca tu caricia poniendo su cabecita sobre las piernas y lame tus lágrimas cuando estás triste. Manso. Con colmillos nada amenazadores pero valiente.  Y sobre todo leal, leal hasta la muerte; al que no le importa esperarte bajo la lluvia tiritando. Así, no un león, no un tigre, no una pantera peligrosa; no un águila imperial, ni un bello cisne. No.  Si no fuera Manuel, y pudiera elegir, me gustaría ser ese perro pequeño de ojos sinceros y redondos… Ése o un escarabajo verde azul.

Manzanas mordidas

labios

La ciudad está repleta

de niñas iguana

agarradas a las farolas, sobre

los coches,

en el suelo. Nieva

pétalos flor de miércoles

o almendro.

-Es cualquier día 29 de febrero soleado –

Sensualmente

unos labios gruesos cruzan la calle

y me miran

como miran las serpientes.

Y vuelvo a recordar

a qué

sabe el color rojo.

 

Los ciervos escapan de mi pecho

corazones de manzanas mordidas.

La sed

sed

Llámalo cosa/vacío/límite
a todo aquello
que sospecho, intuyo, persigo;
y
mi incapacidad de nombrarlo con extrañas
(ya las siento como ajenas) palabras.
Texto predictivo es
finalmente
todo
lo que veo-siento-soy.
Destino grabado en 1000
palabras inútiles
para hablar del pequeño matiz vivo
entre piedra y liquen, por ejemplo.
Palabras gastadas, palabras
menguantes
hasta
otra vez el gruñido.
Quisiera decir
quisiera decirte que
<¡Mierda! ¡Esto es una mierda!>
Si las hojas no aletearan en su caída
me sería más fácil…
No tendría que vivir asesinando al poeta,
ni esconderme en ellos
huyendo (de ese otro yo).
Ahora ya comprendo por qué
desaparecen algunas personas
y nunca vuelven.
Pero la sed
-ésa sí-
siempre vuelve,
una y otra vez
vuelve.
La sed.
Y me atrapa y me obsesiona
esta necesidad esta necesidad esta necesidad esta necesidad esta necesidad
esta necesidad esta necesidad esta necesidad esta necesidad esta
necesidad esta necesidad esta necesidad esta necesidad esta
necesidad esta necesidad esta necesidad esta
necesidad esta necesidad esta
necesidad esta
necesidad
esta

 

Fotografía/Collage: Luis María Ortega Chamarro
Poema: Manuel Alonso

La pantera

pantera
Su mirada está al paso de las rejas
tan cansada, que no retiene ya objeto alguno.
Para ella, es como si mil rejas hubiera
y detrás de las mil rejas ningún mundo.
LA PANTERA – R.M. Rilke

 

 

Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul

Ahora

ahora

Ya no sé muchas cosas

pero todavía

sé que tu color preferido es el morado

y tu libro Los Miserables.

que siempre que ponen Willow en la tele

la ves y ya

has perdido la cuenta de cuántas

                                          veces

la has visto;

que andas como un pato, un patito de esos

“de feria” que vendían cuando éramos niños

y te distinguiría por tu forma de andar entre

cien personas o más a un kilómetro;

que tu tío preferido, también era feriante, y te llevaba

en un caja fruta cuando eras niña y tú te imaginabas ser

una lechuga;

que te gustan los animales. Todos. Y muchos

caracoles te deben la vida;

que por culpa de unos petardos

se os perdió una perra y todavía andas

buscándola en sueños.

que llevas, casi siempre, las gafas sucias

y muchos calcetines con tomates y calzas

el número 36 y medio y juntas las manos cuando estás triste y

la felicidad te sabe a judías verdes y duermes

del lado derecho de la cama sobre tu lado derecho hecha

un bicho bola y yo

te abrazo por la espalda como

si fuéramos dos cucharas hasta las doce

o más… Sin prisa.

Pero hoy

ya no recuerdo dónde

he aparcado, ni qué he comido y mañana

 

sólo habitaré en la niebla

 

-como cuando te dejaba mensajes de amor

en el espejo del baño

para cuando salieras de la ducha-

 

Sssshhhhh

                     calla.

                               No digas nada. Ya sé…

Y ahora sonríe.

Sonríe ahora. Vamos a ser felices

ahora,

en este instante, que nos hacen una foto…

CLIC.

 

Fotografía: Cesar Karras
Poema: Manuel Alonso

Instinto suicida

31-001-2

Porque nací con instinto suicida

tengo una constate voracidad de infinito

que me empuja a las estrellas

y a las vías del tren.

Quizás, si fuera aviador,

no tendría que asomarme a las ventanas

en un intento infantil

de arrimarme al horizonte;

no tendría que mirar al cielo

como ave con ala rota,

ni perseguir

la sombra de los pájaros.

Abismado, sólo intento sobrevivir

a un mundo interior que me aleja,

en un eterno anhelo al mar

y una inolvidable melancolía

por las montañas.

Allí, donde nacen…

allí, madre, necesito ir.

 

(atardecer, lavanda, colibrí)

 

Siento perder la vida que me diste

buscando.

 

Fotografía/collage: Luis María Ortega Chamarro
Poema: Manuel Alonso