Mi cabeza

astronauta pecera

mi cabeza

es una pecera

donde los peces giran y giran

y giran locos. 

alguien los echó de comer                                        

alguien extraño

alguien

que siempre estuvo ahí –agazapado-.

(el otro día vi un gazapo / lo vi un instante /pasaba con el coche/ antes de salirme de la carretera/ y comprendí inmóvil/ el porqué alerta y frágil de esta palabra: como la vida/ es un algodón que huye/ entre pequeñas nubes de polvo)

mi cabeza

tiene forma de casco de astronauta

que mira las estrellas

(porque esa luz/ o cualquier luz/ puede ser una estrella que ya no existe por ejemplo)

que tiembla –como yo- y gira

y giran y giras alrededor

de la farola la polilla –apagada-.

las farolas, me refiero.

y el sol sale a ratos y esa luz

blanca como al nacer

nos ciega y la música en silencio y nosotros

obscenamente tristes seguimos

sin encontrar respuestas en la cocaína

y ya toca mirarnos

nuestras caras leprosas saliendo de la discoteca.

 

Poema del libro El secreto de Zelda Zonk

Nuevo libro

Hola amigxs.

En primer lugar quiero felicitaros a todxs este nuevo año 2020 que acaba de empezar. Os deseo un año repleto de salud y alegría. Alegría que quiero compartir con vosotrxs anunciando la salida de mi nuevo libro esta primavera. Se llamará Tetris con ladrillos invisibles; ganador del XVIII Premio Internacional de Poesía León Felipe.

Un abrazo de corazón

Manuel.

Tiburón-hombre

Gira la cabeza y la mirada clava tiburón en la carne.

[Hombre 1]: Vamos hasta donde quieras, vamos, no tengo miedo.

[Hombre 2]: Nos matamos, si quieres, no tengo miedo.

No. Lo perdí de niño en el patio del colegio cuando decidí apretar los puños y pelear. Cuando estaba tragando polvo y arena y pelear. Era eso o escapar toda mi vida de mí. Y la aleta dorsal nació sola y los dientes se apretaron a la mandíbula. Ya no es un hombre aquel que está frente a ti, ni un hermano, ni un padre, ni un hijo. Es una cosa que hay que destruir, romper, quebrar, matar, matar.

[Hombre 3]: Luego; no importa luego. Solo ahora.

Él o tú. Ahora. Se me inflama el pecho y la sangre torrente por las venas; las aletas de la nariz/agallas se abren y algo estalla y algo sube por las entrañas y mi único pensamiento es morder. Todo es túnel, túnel absoluto, túnel punta de cuchillo y al otro extremo aquello que necesito voraz no-exista:

dientes y cuchillos, dientes-y-cuchillos, dientesycuchillos vvvvvdientesycuchillosvvvvv

El resto son trapos: prendas del disfraz con las que el tiburón se viste de hombre y puedes leerlas en los libros de Historia.

 

 

TIBURÓN // Hipócrita hombre di que tú no eres así/que soy un monstruo/que debo ir a la cárcel/al manicomio/a una isla desierta, al infierno./Mientras sigues nadando en el mar de sangriento/ en el Mar en Guerra./ Y ella, generación y generación de mujer/ criando carne para nosotros/ devorarla/por instinto.

Teatrema del libro El secreto de Zelda Zonk

Sos

A aquella máscara abatida

le sienta bien tu sonrisa.

A aquella cabeza loca

es un fruto feroz errante

(que a menudo llora)

Azote de lunas cantás.

Cantás como el pájaro.

Cantás como el viejo.

Cantás como la uva cantás.

Poeta, siempre sos

al sur –donde las aves-

Desnudo, sin nido, pobre.

 

Poema del Libro rojo

Inacabado

Vuelves como las noches.
Eres igual a una puesta de sol
o un reloj con diferentes diferentes horas de nuevo.
Vuelves con olores azules y a color
enteramente beso.
Vuelves inesperadamente golondrina
con manos que apagan incendios.
Ya no hay rosas con dientes.
Ni nada que temer…

 

 

(FALTA POEMA… a ti te dejo que lo termines, sin ninguna premisa, sin ninguna instrucción, sin paracaídas. Ama y escribe)

 

Mi amiga Mel lo continuó así:

 

Vuelves como los días ardientes, sin lluvia,
como el desierto en el que caminé sollozando,
en este reloj de arena que pasa de un lado a otro mi pena,
Y me ofreces, solo eso, ¿un beso?
Vuelves con esperanzas, con la vida rota, angustiado,
a mis manos de seda buscando reposo,
y aquí, sin condición, está mi pecho para refugiarte…

 

 

 

 

Guapo

Un mes después de San Juan

todavía quedan cenizas enterradas.

Ahora son las familias las que saltan –sin saber-

las ascuas extinguidas

en la playa.

Algunas aparecen en los castillos de los niños.

Algunas aparecen como flores negras en la arena.

Una niña coge un trozo de madera chamuscado

y hace de él  las veces de lápiz

escribe en la espalda de su padre:

“Papá guapo”

Ahí

Los lectores

con su cuello de cisne sobre las palabras aladas

asesinan ecos.

Voces que se convierten

en abruptos alaridos.

Qué bonito poema –dicen.

Qué bonito.

Y tú

decaes

como las flores en las Ramblas

al final del día.

Luego, pasan las ratas,

los camiones de basura,

y las putas chinas.

Y sabes

que es ahí

donde está el poema.

 

Poema de El libro rojo

La palabra

ausencias prensencias

Hay que inventar una palabra para el atardecer en los rascacielos; una palabra que tarde cinco minutos en ser pronunciada nomás; una palabra como oráculo que te hable desde la luz mientras se encienden las farolas ahí abajo; una palabra al vuelo por encima de los pájaros. Entonces, meteremos la mano en el hueco del árbol, esperando la mordedura.

 

Poema de El libro rojo

La voz

Soy la lámpara dentro del nicho.

Soy el espantapájaros

y su mirada rellena.

Soy el cuco que tira

a otros huevos del nido.

Soy el incendio.

Soy las manos que beben amargas.

Soy tus braguitas

goteando en el tendedero.

Soy el reloj que atrasa

y el perro  que atado llora

a la puerta del súper.

Soy un recuerdo yo.

Un encuentro yo.

Una brisa de verano y una

colina llena de flores y ella.

Ella…

Soy la voz

de un silencio doloroso.

 

 

Poema de El libro rojo

La basura

Era ya tarde.

Sobre el muro niebla y lágrimas

y chinos viejos que fuman opio.

El metro pasa por la ciudad

dejando minúsculas gotas de rocío

que nadie ve.

Era ya tarde y tan discorde, por cierto,

con este mundo: una silla, un alma

y el chino -del que ya te he hablado-

fumando filosófico opio deja, en la esquina,

lo mismo que la puta deja.

-ya siempre huele a tristeza allí-

Era ya tarde. Y aunque la noche estrellada sea

parcialmente ceguera;

los enanitos lascivos siempre encuentran

cuartos oscuros donde llevar

a vuestros hijos.

Sí, a vuestros hijos,

a los mismos de “mi-hijo-nunca”.

Tan aparentemente inocentes.

Tan aparentemente vacunados

por sus papás reloj.

Revolcándose en la fariña.

Entonces: Las barredoras, los cristales rotos

hacen un último vestido de lentejuelas

que devuelve a casa

la basura.

 

 

Poema de El libro rojo