Escaparates

escaparates

A todos nos falta algo cuando miramos escaparates y es que en ellos hay alguna forma grotesca de lo que deseamos o carecemos. Quizá sea su quietud o simplemente es que no sabemos dónde dejar la basura que yace en el interior de nuestra calle, y por eso, salimos a comprar la ciudad que nunca seremos ¿Acaso es el reflejo lo que nos asusta y los coches son sólo una excusa de la asfixia en la ciudad? Espejos, los escaparates son espejos crueles y la piel escama plateada; como pez que burla al predador del abismo (confundiéndose con luz) así, intentamos burlar al reflejo: nos maquillamos, nos disfrazamos, desde que ese día súbito nos dijo ya no somos jóvenes y “cada vez te pareces más a tu padre”. Entonces, sientes la misma tristeza que  cuando le ganaste al ajedrez y te diste cuenta que aquel hombre no era ni invencible, ni inmortal. Y el jaque pastor te lo hace la vida dejando de ser un niño para convertirte en no sé qué. Todos somos escaparates; ventanas abiertas a un exterior confuso que pasa, como los coches pasan, como el tiempo pasa, delante del maniquí inmóvil, inútilmente inmóvil, como el que quiere parar el tiempo fotografiando un reloj.

C.P. Vicente Aleixandre

karras

En la Calle Polvoranca

he visto el hueco de mi antiguo colegio

y  he pasado la lengua por el diente caído.               

 Y ya no sé                                                               

si

el Trompeta nos tiró piedras

de aquella manera tan rara

 (como haciendo saltar la rana en los ríos)

o Don José,

me miró con su único ojo.

No estoy seguro

si me manché las manos al hacer presas

con el agua de lluvia -a las cinco alguna vez-

o si regresé a casa con los bolsillos llenos de piedras.

No. No  sé  ya si

en ese hueco                              

volé aviones, si mi mejor amigo se llamaba David o Ricardo

o aquella niña sonriente

y despeinada(mente) despeinada

me dio

mi primer beso.

 

Fotografía: Cesar Karras
Poema: Manuel Alonso