Esta calcomanía

Esta calcomanía

en la pared

que ahora me llega

a la rodilla

la pegué  yo.

Casi puedo oler

freírse las patatas

de la tortilla

de la cena

de esas noches.

Las madres

nos llamaban a gritos

desde las ventanas.

Cinco minutos más… mamá.

¿A qué jugamos?

Todavía tengo la cicatriz

de la bici.

Está en la rodilla.

Es como una calcomanía.

Manos de lejía

La lejía me da nostalgia.

Ahora que ese olor puebla mis manos

al limpiar toda mi vida

por la plaga.

Y no es por ese juego fonético de la ge

o jota.

Ni por empezar un poema garabato

o gato.

Éramos cuatro

hermanos que nos habíamos hecho

grandes  -golondrinas que gorjean-

y necesitan comer.

Bocas abiertas al cielo gusano.

Y mi padre cada vez

más viejo

más grávido

más gota

que se escapaba

entre sus manos de carpintero.

Entonces mi madre gladiadora galaxia

cogió la gamuza

para limpiar portales, pisos o

hacer guisos –como tantas guerreras guijarro de mi barrio-

Y cuando llegaba a casa

nos cogía por las mejillas

con sus manos de lejía

y nos besaba y nos decía:

¿qué tal se han portado

mis niños guapos?

 

 

dedicado a todas las limpiadoras del mundo. Gracias

Los mirlos no

Rothko_OrangeAndYellow_1956

espacios amarillos

                            guías telefónicas

                                                       hojas

de papel reciclado

nuestras fotos que se hacen cada vez más sepias cada vez más borrosas

perdido en un horizonte de adentros

el puente eternamente puente

en mitad de un mar

amarillo

sin orillas

¿te has fijado que las huellas también son ausencia?

hoy han talado el árbol donde

jugaba a ser Arconada

y los mirlos no

cantan

¿por qué ya no cantan?

Invisible imparable

TEMPORAL NIEVE GALICIA

Paseo por el barrio de mis padres donde crecí. Son las seis de la tarde y es de noche. Otoño y frio y viento. Busco en el andar-anclar mis recuerdos en las tiendas que aún perduran;  las busco como el marinero al faro en alta mar. Resisten el estanco y la farmacia; es lo que tienen las drogas siempre están ahí; siempre seremos yonquis o enfermos aunque nos creamos sanados. Ahora Don Carlos, el farmacéutico, no está. Es su hijo Carlos el que despacha la botica. Recuerdo la delicadeza con la que cortaba los códigos de barra de las cajas para luego pegarlas en las recetas como si fueran cromos… Y pienso si su hijo hará lo mismo y si él algún día acabó la colección. Hay que tener cuidado de no tropezar porque las raíces de los árboles, ahora grandes, han levantado las aceras como si el pasado reclamara su espacio. Por eso, a esta hora, ya no pasean los habitantes de este barrio. Son mayores y temen caer.  Por eso las calles están solas y ya solo pasean los amarillos de las hojas de la mano del viento. ¿Qué tal? Bien, y tú qué tal. Bien. Es un viejo amigo. Nuestra conversación no supera tres palabras; y después de los abrazos nos miramos extraños sin saber qué decir. Congelados en el tiempo como los cromos de Don Carlos. Adiós, me alegro de verte. Adiós. Y huimos porque ya no sabemos a qué jugar ni cuando dejamos de hacerlo. Cruzo la calle hacia los edificios nuevos pero algo me retiene… es un olor a verde, un olor como a hierba recién cortada, un olor tan familiar como el café recién hecho al entrar en casa. Han podado unos laureles y desde sus ramas la savia nueva brota. Invisible. Brota imparable camino a la primavera. Mañana seguro que vendrán algunas madres, de las de antes, para coger algunas hojas. Y secarlas. Y echarlas en las lentejas… algún día. Como el otoño con la vida.

C.P. Vicente Aleixandre

karras

En la Calle Polvoranca

he visto el hueco de mi antiguo colegio

y  he pasado la lengua por el diente caído.               

 Y ya no sé                                                               

si

el Trompeta nos tiró piedras

de aquella manera tan rara

 (como haciendo saltar la rana en los ríos)

o Don José,

me miró con su único ojo.

No estoy seguro

si me manché las manos al hacer presas

con el agua de lluvia -a las cinco alguna vez-

o si regresé a casa con los bolsillos llenos de piedras.

No. No  sé  ya si

en ese hueco                              

volé aviones, si mi mejor amigo se llamaba David o Ricardo

o aquella niña sonriente

y despeinada(mente) despeinada

me dio

mi primer beso.

 

Fotografía: Cesar Karras
Poema: Manuel Alonso

El estanque

Entre sueños

he escuchado una canción que ya conocía.

Sonaba en mi cabeza sonaba

como olas.

Y al despertar,

antes de olvidarla, he ido al PC y la he buscado por si

tenían algo que decirme

unas letras de un mar que no cesa.

Hablaban de mí, cuando era joven,

cuando creía que era inmortal y todas

las personas a las que quería

también lo eran.

Cuando éramos

tan estúpidamente bellos y tiernos y

todo era nuevo y las heridas tan hondas.

Las risas.

Las traiciones.

El amor.

Cuando todo era posible

y el mundo se podía parar.

(Una tarde David, totalmente borracho, se metió en una fuente helada pensando que iba a aguantar su peso. El hielo se rompió y David se mojó hasta el cuello. De un salto –nunca he visto uno tan rápido- volvió al parque. Todos nos reímos hasta llorar. Mientras él, pedo y congelado, sólo decía “no sé cómo me he mojado tanto si ha sido entrar y salir”)

A los pies de este estanque canción

dibujo vuestros nombres en el agua

(David, Rosana, Chema…)

y descubro

que es mi rostro el que se borra

como las estelas de los barcos a los que prometimos embarcar

algún día

mientras vosotros

seguís ahí

divertidos –para siempre-

entre pipas, cartas y cerveza.

 

Fragilidad del ser

la fragilidad del ser

Los veranos en mi tierra son tórridos y en aquella época no existían los aires acondicionados. Al menos en nuestra casa. Por este motivo, creo, me gustaba tumbarme en el suelo a ver la televisión: sentir el frío de la piedra en mi espalda aunque hubiera hueco en los sillones. También puede ser que no había mandos a distancia ( al menos en nuestra casa ) y siempre me tocaba a mí cambiar de canal. Solo había dos canales pero se cambiaba mucho en una casa donde éramos muchos. De esta forma, allí tumbado, estaba cerca de la botonera ( 7 para el primero y 1 para el UHF: nunca supe por qué )y de una voltereta lateral ( más conocida como “croqueta”) lograba hacerlo sin mucho esfuerzo. Pon la primera. Pon la segunda. Sube el volumen. Pon la primera. Baja el volumen. Pon. Baja. Pon. Pon. Baja. Al cabo de un día podía haber hecho una clase de gimnasia deportiva tranquilamente. Antes, los canales eran una rueda y las televisiones en blanco y negro; aunque de esto tengo difusos recuerdos como la niebla que salía cuando se sintonizaba mal un canal o la antena estaba desorientada. Pero lo que sí recuerdo y además perfectamente, es cuando vino el color a mi casa. ¡¡La tele en color… !!Cuánto pesaba; recuerdo cómo olía; recuerdo mi sorpresa al ver que Epi era naranja y Blas amarillo y no grises; recuerdo que hicimos una especie de fiesta como una tribu alrededor de la hoguera y el objeto de culto era aquella caja; hasta nos hicimos fotos junto a ella como si fuera un trofeo de caza. Hablando de caza: en casi todas las casas frente a la televisión había un cuadro de caza o un paisaje marino y bajo éste un sofá de “escai” rojo. Por suerte, a mis padres nunca les gustó la caza, pero sí ese sofá. Qué incómodo era… En verano te quedabas pegado (era un plástico que imitaba a la piel ) era duro como la piedra y si tenías la mala suerte de quedarte dormido encima de una costura corrías el riesgo de llevar “cicatriz” durante horas. Una tortura.

Así, como iba diciendo: tumbado en suelo (de lado) preparado para hacer la croqueta; junto a la tele (en color ); bajo el sofá de escai rojo en una tarde de domingo de verano. Tórrida. Supe que la muerte existía. Y lo supe con un ruido. Un ruido seco precedido de un frenazo. Un ruido como de… no sé.. Después: gritos de gente; la sirena de la ambulancia; el silbato (imagino) que de un policía. No puede ver nada. Los árboles frente a mi casa tapaban la carretera. Horas más tarde, cuando bajé al parque a jugar, solo quedaba restos de un pequeño charco de sangre allí. La gente dijo que habían atropellado a un niño pero ninguno lo conocía. No debía de ser del barrio…

Cuando terminó el verano y septiembre habló, con la melancolía de sus días cada vez más cortos y el comienzo del colegio, supe quién era. Su nombre era Carlos y se sentaba delante mi en clase. De él puedo decir que era un chico callado, grande y bueno; y digo bueno no porque esté muerto como hacen todos, lo digo porque siempre defendía a otros niños de los “abusones” y un día le vi mojarse las zapatillas sacar una mariposa de un charco; luego la dejó secándose al sol, tiernamente. A mi nunca me hizo falta que me defendiera: ya tenía a mis hermanos mayores. Carlos también tenía un hermano mayor y desde su muerte su mirada nunca fue la misma. Vi en ella lo que años más tarde descubriría en la mía: Uno nunca supera algo así, solamente, sobrevive. Se le grabó a fuego la tristeza en los ojos. Supongo que esos son los golpes de los que habla Vallejo en sus “Heraldos Negros”, son pocos pero a uno le dejan marcado para siempre. Y suenan como el golpe de un suicida que cae a dos metros de ti y has querido salvar; como el grito de un padre cuando le has dicho que su mujer y su hija han muerto en un accidente; o cuando a un niño bueno le atropella un coche en una tarde tórrida de verano… Algo duro pero frágil se rompe. Y ya nunca más se puede recomponer. Suena como a cristales rotos.

Escultura: La fragilidad del ser
Autor: Julian Rodriguez Román