Nacer

Arranca de ti la luna
y písala en cualquier charco.
Apaga su rastro y su ladrido.
Mengua los sueños;
busca las aguas más oscuras
y adéntrate en el olvido
como lombriz de tierra.
Rompe suave las noches silentes…
pronto se poblarán de sombras.
Cuida de las cenizas
como cuidas de las flores.

La luz se extingue.

Y desde la nada
volveremos a nacer.
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Nos miran

Nos miran.

No son estrellas. Nos miran

desde nuestra oscuridad hasta sus ojos

esperan

como la araña a la polilla.

Polillas que se estrellan contra tu ventana insomne.

Ventanas iluminadas en ciudades muertas.

Luces con dientes de tiburón cantando

la canción del naufragio.

Rochas negras da Costa da Morte

aguardan

-en silencio voraz-

tu golpe seco de pájaro herido;

el clac

con el que se despide la flor marchita;

el olor almizclado a fruta

demasiado madura demasiado podrida.

Están ahí, en el garaje,

cuando sales del coche de madrugada.

Están

en esa llamada a deshora.

Habitan todas tus esquinas oscuras.

Ven,  cierra los ojos –dicen

y sueña

que no podrás despertar.

La basura

Era ya tarde.

Sobre el muro niebla y lágrimas

y chinos viejos que fuman opio.

El metro pasa por la ciudad

dejando minúsculas gotas de rocío

que nadie ve.

Era ya tarde y tan discorde, por cierto,

con este mundo: una silla, un alma

y el chino -del que ya te he hablado-

fumando filosófico opio deja, en la esquina,

lo mismo que la puta deja.

-ya siempre huele a tristeza allí-

Era ya tarde. Y aunque la noche estrellada sea

parcialmente ceguera;

los enanitos lascivos siempre encuentran

cuartos oscuros donde llevar

a vuestros hijos.

Sí, a vuestros hijos,

a los mismos de “mi-hijo-nunca”.

Tan aparentemente inocentes.

Tan aparentemente vacunados

por sus papás reloj.

Revolcándose en la fariña.

Entonces: Las barredoras, los cristales rotos

hacen un último vestido de lentejuelas

que devuelve a casa

la basura.

 

 

Poema de El libro rojo

Íntimo

vamos a hacer una cosa

tú haces como que no estoy

y yo como que no vuelvo

y así

lo dejaremos todo

en una completa renuncia

como si no hubiéramos existido nunca

y entonces muy muy despacio entonces

lentamente

seré una sombra

                                detrás de ti y tú

detrás de la noche

fundirnos

bajo libros descuadernados

(aquellos que acontecen en pequeños milagros instantáneos y dan valor de eternidad al momento)

y estaremos a salvo

y nadie podrá entrar aquí

a nuestro lugar

al lugar íntimo donde duermen los pájaros

 

 

Inspirado en la película «Hierro 3»

Persianas

persianas

Persianas a medio bajar.

Persianas corridas en un rayo de luz.

Persianas luciérnagas en la noche.

Persianas perdidas entre los escombros.

Persianas que duelen a cerrado.

Persianas colmena

de avispas.

Persianas nido de golondrina.

Persianas cada vez más pequeñas cada vez más soga.

Persianas como bloque de edificios.

Persianas párpado azules de tristeza.

Persianas peregrinas con rincones arista.

Persianas mensaje en morse    (. . . – – – . . .)

Persianas bajadas, descuadradas, enrolladas.

Persianas ásperas.

Persianas entre el aire de los pájaros

y tú.

La pantera

pantera
Su mirada está al paso de las rejas
tan cansada, que no retiene ya objeto alguno.
Para ella, es como si mil rejas hubiera
y detrás de las mil rejas ningún mundo.
LA PANTERA – R.M. Rilke

 

 

Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul casi negro y él, la pantera, entre las rejas que cada vez se hacía más de noche. Cuando, al fin, salió a campo abierto sintió el error. Todos los límites que había imaginado ya no estaban. Todas las verjas que había roto ya no estaban. Todas las paredes y tejados, no estaban. Pero al mirar al horizonte y a su interior, sintió el error como aguja que se clava hondo. La prisión. Su prisión. La llevaba dentro; y lo único que percibía mirando al infinito era una simple cuestión de tamaño; en la que el mundo  era una enorme jaula de color azul