Escaparates

escaparates

A todos nos falta algo cuando miramos escaparates y es que en ellos hay alguna forma grotesca de lo que deseamos o carecemos. Quizá sea su quietud o simplemente es que no sabemos dónde dejar la basura que yace en el interior de nuestra calle, y por eso, salimos a comprar la ciudad que nunca seremos ¿Acaso es el reflejo lo que nos asusta y los coches son sólo una excusa de la asfixia en la ciudad? Espejos, los escaparates son espejos crueles y la piel escama plateada; como pez que burla al predador del abismo (confundiéndose con luz) así, intentamos burlar al reflejo: nos maquillamos, nos disfrazamos, desde que ese día súbito nos dijo ya no somos jóvenes y “cada vez te pareces más a tu padre”. Entonces, sientes la misma tristeza que  cuando le ganaste al ajedrez y te diste cuenta que aquel hombre no era ni invencible, ni inmortal. Y el jaque pastor te lo hace la vida dejando de ser un niño para convertirte en no sé qué. Todos somos escaparates; ventanas abiertas a un exterior confuso que pasa, como los coches pasan, como el tiempo pasa, delante del maniquí inmóvil, inútilmente inmóvil, como el que quiere parar el tiempo fotografiando un reloj.