Los estorninos

Esta mañana

en el crepúsculo

todos los árboles eran contraluz.

Sombras chinescas del teatro de la vida.

De ellos, un concierto de estorninos despertaba.

Cien cantos mil cantos en cada rama

cantaban. Cantaban.

Y en un instante silencio.

Un silencio atronador.

Un silencio como de cafetera

en el bar (triste metáfora para un triste poeta).

Un silencio como de nieve.

Y después, en un momento, todas

las hojas de los árboles volaron

en forma de estornino.

Y el albor se hizo sombra.

Y el canto era ala.

Para luego nacer el sol –entre las hojas-

y de sus rayos

un plumón cayó leve.

Leve en intermitencias.

Leve como la alegría.

Y se posó en mi mano

sobre la línea de la vida

como los estorninos

en los alambres de espino.

26/08/21

Nuevo canto

Solo quedan los botones

y una zanahoria seca

de nuestro

muñeco de nieve.

Apagaron, hace unos días ya,

las luces de los árboles.

Y las calles son más ásperas

más motosierra.

Las torres de alta tensión

se alejan

hacía un atardecer imaginado

cuando eres ciudad.

Y paseas y piensas que

las jaulas y las armas

las hacen los mismos.

Aquí todo se mezcla.

Todo se mezcla, amor,

no sé si bien o mal

como la piña en la pizza

como la alegría y la muerte.

Pronto florecerán los almendros.

Los días son más largos.

Y mañana escucharás

un nuevo canto de los mirlos.

Irrepetibles

nieve

Una mujer embarazada protege con la mano su vientre.

Nieva.

Suena como el crepitar de una hoguera.

Suena

otras veces silencio.

Una niña sonríe y coge de las hojas de dos pequeños tejos

un puñado de cielo y se lo da a su madre.

Las agujas de los pinos se tiñen de blanco a trazos como canas.

Una compañera del trabajo, que hoy se jubila,

sale a la puerta a fumar un cigarro mientras

ve caer los copos los segundos

irrepetibles.