El granado

granada

Después de la lluvia deshojaba flores a latigazos mientras decía : “todos hemos sido bellos alguna vez. Y felices”. No se lo tenían demasiado en cuenta en el pueblo; la llamaban la loca del granado y se rumoreaba que se había “ido” la mañana que se marchó el último de su sus hijos al extranjero a hacer su vida y se quedó sola. Sola con el granado. Lo había plantado su marido hace muchos años el día que aceptó un nuevo trabajo después de que ella diera a luz a su tercer hijo. Había demasiadas bocas que alimentar y el sueldo de un maestro no llegaba. Sabía de los riesgos en la mina pero el hambre te hace ser valiente. Y durante un tiempo fueron felices… y el árbol, de crecimiento lento, empezó a dar sus frutos hasta que escuchó la palabra grisú. Fue el grisú. Una explosión. Tú marido. Y así se quedó sola con el árbol y tres niños. Trabajó duro para sacarlos adelante; trabajó días y noches enteras para darles de comer y la educación que ella nunca tuvo. Trabajo. Durante este periodo de su vida solo trabajó. Y no tuvo mucho tiempo para ver cómo cambiaba su cuerpo y su rostro con las estaciones. Os puedo asegurar que un día fui bonita solía decir con una sonrisa desdentada a sus hijos. Y poco a poco se fueron marchando como hojas en otoño. Hasta que un día, el último de ellos, se fue. Ese día dejó de trabajar. Ese día ventiló la casa, como siempre, hizo las camas de nuevo, la comida para cuatro y cuando terminó; cerró las ventanas despacio, muy despacio, y se sentó apoyando sus manos en el regazo una sobre otra. Y miró al granado. Lo miro. Lo miró. Estaba igual que como lo había dejado su joven minero. Es un árbol crecimiento lento. Desde entonces, todos los atardeceres, dicen que se quedaba mirándolo. Miraba cómo el sol caía entre sus ramas peladas en invierno, entre las hojas en verano; cómo caían en otoño. Miraba a sus flores… Flores que luego se convertían en frutos; frutos preñados de semillas, frutos como las bolas con las que se decora el árbol de Navidad. En Navidad es cuando más miraba al árbol…

 

Una mañana de Pascua lluviosa vio caer una granada. Esa misma tarde fue una tarde soleada y bella; pero la anciana esta vez no miró al árbol.

 

Miró la granada.

 

Miró cómo yacía sobre un charco, rota, reventada por sus semillas y abandonada en el suelo. Pudriéndose.

 

Sola.

 

Miro la granada.

 

Entonces, entró en casa, y cogió el látigo.

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9 pensamientos en “El granado

    • Vaya, otro que me tengo que apuntar. Lo mencionaban en Patterson. Ya estoy leyendo a Rosales, para que veas que te hago caso y me fío de tus recomendaciones.
      Ahora estoy leyendo también a Erri De Luca, ¿lo conoces? te gustaría.
      Sí que tengo un libro muy pequeño publicado pero ya no lo encontrarás porque está agotado. Es medio infantil, ahora ya no sé si me gusta aunque es divertido.
      Fue hace mucho, no te lo puesto en el mi blog porque me da cierta vergüenza.
      Borra este comentario, si quieres, que es muy largo.

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      • Erri De Luca no lo conozco. Me lo apunto. Es una pena no poder leer tu libro. Me esperaré cuando saques tu novela y lo petes. Y saquen la segunda edición de tu primer libro. 😉
        Yo no tengo nada publicado…

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      • No eres un triste, eres, digamos, melancólico, palabra óptima donde las haya y a mi entender, ahora susurro, vende maaaas. 😛 Y para nada es más fácil hacer llorar que reír, la dificultad reside en transmitir, y tu amigo mío, la angustia y la desazón la transmites como nadie. Pretende ser un cumplido aunque no lo parezca, de nuevo susurrandooo. Tengo el día tonto 😛

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